lunes, julio 22

El asesino le da su más sentido pésame | Internacional

Todo un detalle. Un gesto que no todos merecen. El asesino ha querido rendir homenaje público a su víctima. No se puede decir que sus palabras sean sentidas. No lo son. En todo caso, medidas y exactas, una forma educada de presentar las condolencias a la familia por la muerte que él ha ordenado y que personalmente no siente en absoluto. Que nadie vea en Putin una conciencia dividida respecto a la vida de Prigozhin. Así hubiera sido en la liquidación de un familiar o un amigo —algo perfectamente plausible y probable—, pero este no era el caso.

Las palabras de condolencia a la familia no son una formalidad, pero tampoco un gesto para enmascarar la realidad del crimen de Estado. Son, por el contrario, un reconocimiento. Del valor del fallecido y del merecido final trágico. Por tanto, también de la responsabilidad personal que le corresponde como jefe de Estado, equivalente a la autoría. El resultado de la investigación anunciada, como el del rosario de asesinatos de los que es responsable, ya lo conocemos. Prigozhin fue un hombre de talento y de destino difícil. Hizo grandes contribuciones a la causa común. Consiguió alcanzar los resultados que deseaba, para su beneficio y para el de todos. Pero también cometió errores graves. ¿Alguien podía esperar que no los pagara?

Como elogio fúnebre, más que condolencias, son frases para los anales. En ellas se condensan las reglas morales que rigen en el actual sistema autocrático del Kremlin, bien conocido e incluso comprendido por la población rusa. No son una novedad aportada por el hundimiento de la Unión Soviética, sino que vienen de lejos, de muy lejos. De Iván el Terrible, si se quiere, fundador de la primera policía de Estado, la oprichnina, según la leyenda. De Pedro el Grande y Catalina, y luego la también legendaria ojrana de los últimos Romanov en el siglo XIX. De la cheka de Lenin y de la GPU y la NKVD de Stalin y el KGB de Jruschov, naturalmente, los referentes inmediatos de Putin, el agente más destacado y célebre, y el que más lejos y más arriba ha llegado en la escalera del poder.

Nadie puede oponerse y menos traicionar al zar sin pagar un precio, con frecuencia el más alto, el de la vida. La autoridad y el poder del Estado residen en este principio, que los bolcheviques y Stalin supieron aplicar en proporciones y dimensiones hasta entonces desconocidas. Al zar no le puede temblar el pulso. En cuanto desfallece, su autoridad se desmorona y su poder peligra. Cualquier cesión es una derrota. Cualquier desafío sin respuesta severa, una humillación. La policía, los tribunales, los diputados, el coro de los medios de comunicación, todo debe someterse a la exigencia vertical de este poder absoluto.

La doctrina autocrática es contundente: no hay otra forma de gobernar la inmensa Rusia, el mayor y más diverso imperio territorial del mundo, que solo se mantiene si se expande y empieza a desmoronarse en cuanto se le cuestiona y se retrae. Los conceptos liberales y democráticos que han servido en otras partes para la construcción de estados fuertes no valen para Rusia. La división de poderes, el Estado de derecho, la democracia representativa, el pluralismo político y la diversidad de partidos solo son útiles como adornos para el poder absoluto y sin límites del zar. Eso es lo que funciona en Rusia y lo que gusta cada vez más en otras partes del mundo, donde la fuerza de la ley retrocede en favor de la ley de la fuerza.

Es el poder sincero y desnudo, sin hipocresías ni sentimentalismos. Manda quien manda. Y manda sobre la vida y la muerte. Incluso allí donde la pena de muerte ha sido abolida en la formalidad de la Constitución y de las leyes, como sucede en la Federación Rusa. No necesita su reconocimiento legal porque se aplica con una flexibilidad pavorosa. En las cárceles y en las comisarías. Con veneno o con pistola. Mediante accidentes simulados o con catástrofes aéreas que no ofrecen dudas sobre la autoría.

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El poder de Putin, tan letal como el de sus antecesores, es fruto de una hibridación en la que confluyen la cultura violenta de la Lubianka, sede de los servicios policiales y secretos, y la del crimen organizado, fundidas ambas en unas mafias que se apoderaron del Estado y de la economía con el hundimiento de la Unión Soviética y las privatizaciones corruptas. También los métodos de liquidación son un cruce híbrido, propios a la vez de la policía política y de los gánsteres. Lo son incluso las frías palabras de Putin en su mensaje fúnebre, siempre cautelosas y claras, más de amenaza a quienes sueñen en desafiar su poder que de sentida condolencia a la familia.

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