jueves, julio 25

Endrick, el último hortelano | Fútbol | Deportes

Endrick, en un partido del pasado mes de abril.

Manolo Romero, antiguo ojeador del Real Madrid, aprovechó los micrófonos de la Cadena SER para poner en duda la edad real de Endrick, el último hortelano blanco. “Siempre he tenido la duda de si la edad que dicen que tiene es la correcta, físicamente lo veo demasiado formado”, barruntó Romero en El Bar, un formato desenfadado que alimenta y saca buen provecho a este tipo de contenidos. No aportó ninguna prueba porque tampoco hizo ninguna acusación, apenas expresó una duda. Y cualquiera puede, en todo caso, cuestionar la habilidad de Romero para calcular edades a golpe de vista, lo que de facto es casi un superpoder, como la capacidad de volar o convertir el agua en vino.

Este es el país de Ana Obregón, Jordi Hurtado y sus misterios. Aquí llegó Ousmane Dembélé con la mayoría de edad recién cumplida —o eso atestiguaban los documentos— y a las pocas semanas de aterrizar en el aeropuerto de El Prat nos enteramos de que pasaba las noches comiendo pizza y jugando al Fortnite, que son vicios adolescentes donde los haya, aunque tampoco está del todo claro dónde trazamos el final de esa etapa vital en la sociedad actual: mi generación, a punto de cumplir los 46, por ahí debe andar. Tampoco sería Dembélé el primero en hacerse pasar por alguien mayor para entrar en un club, práctica habitual entre los más jóvenes aficionados a la música house, ni el último en esquivar todos los sistemas de alarma que los grandes clubs utilizan desde hace décadas para detectar a estos supuestos jetas.

Las sospechas sobre la edad real de los deportistas están presentes desde que el negocio devoró una gran parte de la virginidad metafórica del propio deporte. También desde que el talento comenzó a imponer su tiranía sobre las normativas más restrictivas en cuanto a la edad mínima exigible para poder formar parte de los circuitos profesionales. Estos días es objeto de debate la convocatoria de Lamine Yamal con la selección. Se trata, en fin, de obligarlo a elegir, con apenas 16 años, si defenderá los colores de España o los de Marruecos el resto de su vida, una decisión tan trascendente para su futuro como estudiar ciencias, letras o, directamente, dejar el instituto y entregarse a la lectura de Harper Lee. “Por eso es pecado matar a un ruiseñor”, nos advierte un Atticus Finch, que nunca tuvo madera de periodista deportivo, tampoco de ojeador.

No parece existir en los despachos de Concha Espina mayor preocupación sobre la documentación aportada por los representantes legales de Endrick, de ahí que se limiten a esperar, felices y confiados, a que el muchacho cumpla los 18 para traérselo de Brasil antes de que algún gracioso lo nombre senador o le entreguen uno de esos premios televisivos a toda una vida, como ha ocurrido recientemente con Xuxa. Es una apuesta arriesgada por varias razones, principalmente económicas y de expectativas, pero la falsedad documental o los primeros síntomas de la artrosis no parecen encontrarse entre ellas.

“Ha ocurrido otras veces, por ejemplo, con Falcao”, cerraba Manolo Romero sus conclusiones con un paralelismo que ilusionaría al más pintado: casi apetece que todo sea cierto. Y si la tradición indica que el hortelano debe degustarse ocultando el rostro bajo un paño de lino para no ofender a Dios, la modernidad concluye que será suficiente con cerrar la cubierta retráctil el día que Endrick debute en el nuevo Bernabéu con el mismísimo Dios —o uno muy similar— sentado en el palco.

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