lunes, julio 22

La camiseta sí se mancha | Fútbol | Deportes

Este artículo va sobre una tontería. La vida es una tontería. Este artículo, pues, va sobre la vida.

Tenía nueve años cuando una tía me preguntó qué regalo quería para la comunión. No lo dudé. Estaba en el quiosco del pueblo —no había otro— y costaba cinco mil pesetas. Mil duros. Aquella caja contenía una camiseta blaugrana con el número 10 y un nombre enmarcado: Romario. Unos pantalones cortos y unas medias completaban el regalo. Aquel domingo de mayo fue raro. Yo tocaba la trompa en la banda de música del pueblo —no había otra— y le pregunté al presidente si debía ir a tocar con la banda o desfilar en mi Primera Comunión. El hombre sigue riéndose 30 años después, imagino.

Una catequista mayor no paraba de repetir que estuviéramos atentos y disfrutáramos al máximo, que ese iba a ser el día más feliz de nuestras vidas. Yo prestaba atención. Pero no pasaba nada. Absolutamente nada digno de recuerdo. Y pensaba en qué sosa sería la vida si ese era el mejor de sus días. De verdad: no pasaba nada. Bueno, sí. Una cosa. Cuando acabó la ceremonia y la banda de música me dejó en casa con la fanfarria del pasacalle, sucedió algo extraordinario. Subí a casa. El banquete era allí. Nada de restaurantes: familia numerosa. Solo cruzar la puerta me quité el traje prestado de marinerito y abrí la caja con ansia desbocada. Así salgo en todas las fotos del día de la comunión: con gafas de pasta antes de que la pasta fuera cool y vestido de Romario. Camiseta, pantalones, medias.

Todo el mundo pensaría en lo feliz que era aquel niño con su primera camiseta de fútbol en el día de su comunión. La primera camiseta. La del Barça. Con el edredón del Barça. Con las sábanas del Barça. Con la bufanda y la bandera y el balón firmado y todo del Barça. Con las paredes de la habitación empapeladas con pósters del Barça. Y por fin la camiseta. Qué feliz parece ese niño de las fotos. Pero había un detalle. Un pequeño detalle que engendraría un trauma, y no hay traumas pequeños. El nombre de Romario estaba enmarcado. Y las siluetas de Kappa eran triángulos blancos. Aquella camiseta era falsa. Y el niño de las fotos ya nunca —nunca— tendría una camiseta oficial del Barça.

Hoy, después de ir acopiando camisetas históricas (DDR 74, Argentina 86, Hungría 54, Holanda 74, Holanda 88, Holanda 2014), sigo sin sellar aquel trauma; sigo pensando en la camiseta como fetiche y reliquia. Se me van los ojos tras todas ellas. Qué tienen. Por qué hipnotizan. Qué mecanismo emocional desencadenan para que seamos legión los enfermos de camisetas. Ver una Ford del Valencia, una Feiraco del Dépor, una Teka del Madrid, una Marbella del Atlético o del Sevilla, una limpia y Kappa del Barça o del Athletic, una Bankoa de la Real, una Pikolin del Zaragoza, una Citroën del Celta, una Canarias del Tenerife. Ves la camiseta y los imaginas a ellos, a los fantasmas vivos: Mijatovic, Bebeto, Zamorano, Futre, Suker, Laudrup, Julen, Kodro, Esnáider, Mostovói, Dertycia. Siguen ahí. Tras esas telas.

Aquellas publicidades han adquirido el poso encariñado de la nostalgia. Los anuncios de ahora, en cambio, molestan, chirrían. Indignan. Hago trabajo de campo. Me fijo en la élite del fútbol europeo, la Champions League. De los 32 equipos de esta temporada, en las camisetas de siete clubs está el rastro viscoso de Qatar, Abu Dhabi, Dubai y Arabia Saudí. La aerolínea Emirates Fly Better patrocina al Real Madrid, Arsenal, Milan y Benfica. Qatar Airways al PSG. Ryadh Air al Atlético. Etihad Airways al Manchester City. Otros siete equipos lucen en su camiseta la vergüenza de las casas de apuestas: Dafabet la verdiblanca del Celtic. El casino Moosh la del Braga. Betano la del Oporto. Unibet al FC Copenhagen. BetFirst al Royal Antwerp belga. FavBet al Shakhtar Donetsk. Y Plus 500 al BSC Young Boys suizo.

En total, casi la mitad de equipos Champions tienen en su camiseta la tiranía o la ludopatía. Parece que dé igual. Que ya está descontado. Otro peldaño hacia el abismo ético del fútbol: pagar casi 100 euros para ser hombre-anuncio del reino del mal. Y me pregunto: ¿Suscitarán nostalgia estas camisetas dentro de 30 años? ¿O recordaremos con vergüenza hasta qué punto llegó a degradarse, por dinero, ese objeto de culto capaz de alegrar un anodino día de comunión?

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