lunes, julio 22

Los ecos de Wagner | Internacional

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, quiere domesticar a los herederos del fiero Yevgueni Prigozhin y difuminar las huellas de sus mercenarios. La integración en el ejército y la dispersión geográfica de los Wagner son elementos de una estrategia de control que incluye también un juramento (de fidelidad a la patria y de defensa de la independencia y la Constitución) obligatorio por decreto desde el pasado viernes para todos los participantes en la “operación militar especial” (eufemismo para designar la guerra contra Ucrania).

Sin embargo, antes de esfumarse, Wagner podría haber sembrado un campo de minas susceptibles de estallar de forma imprevista en el futuro. La organización de Prigozhin conecta bien con una parte de la sociedad rusa, como indicó el entusiasmo callejero ante el motín del pasado junio y como lo muestran hoy los emotivos homenajes que reciben los altos mandos que perecieron el 23 de agosto.

En distintas ciudades del país, en memoria de Prigozhin y los suyos, los rusos depositan flores, velas, instrumentos musicales y también mazos. El mazo es uno de los símbolos de los Wagner y la herramienta que estos utilizaron de forma demostrativa para advertir cómo castigan a quienes consideran traidores o enemigos.

En marzo de 2024 se celebran elecciones presidenciales en Rusia y el Kremlin se plantea esos comicios como un plebiscito sobre la presidencia de Putin. “Nuestras elecciones presidenciales no son del todo una democracia, sino más bien una costosa burocracia. Putin será elegido el año próximo con más del 90% de los votos”, dijo Dmitri Peskov, portavoz de prensa presidencial a The New York Times.

Después, Peskov afirmó que lo habían interpretado mal. “El nivel de consolidación de la sociedad en torno al presidente no tiene precedentes y ya hoy se puede decir a ciencia cierta que, si Putin se presenta, será elegido con una enorme ventaja, no hay ninguna duda”, señaló.

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El porcentaje del 90% mencionado por el portavoz de Putin es un “listón” orientativo para la Comisión Electoral Central, en opinión del político liberal ruso Lev Schlosberg. Según el servicio de noticias RBK, el Kremlin ha dado orden de incrementar el apoyo a Putin en las elecciones de 2024 con relación a 2018, cuando obtuvo algo más del 76% de los votos.

El régimen de Putin ya diezmó el espectro liberal ruso en un proceso metódico que incluye condenas de sus dirigentes y activistas a largas penas de cárcel. Ahora, la atención del régimen se ha centrado en el campo de los “patriotas”, a saber, las gentes que creían poder actuar por su cuenta, justamente por sus credenciales afines al modelo imperial y militarista de Putin. Prigozhin ha perecido y el coronel Igor Girkin (alias Strelkov) ha sido encarcelado acusado de extremismo. El militar es el fundador de un “Club de Patriotas Enojados”, que agrupa a figuras nacionalistas como el escritor Zajar Prelepin y radicales como Pavel Gúbarev, un líder separatista del Donbás, que se declaró dispuesto a matar a millones de ucranios “endemoniados”.

Desde el calabozo, Strelkov ha opinado que Prigozhin ha sido víctima de una operación para deshacerse de “testigos clave”. Según él, su muerte es “una prueba” de que Rusia se sumerge en una “época de confusión”. “A Prigozhin había que haberlo juzgado, y no eliminado, y ahora ya no puede testificar. Volvemos a los febriles años noventa y esto es muy peligroso”, dijo el coronel. Es poco probable que Strelkov u otro de los líderes de su espectro ideológico puedan hacer sombra a Putin hoy, pero el líder ruso está obsesionado por el control y además, según palabras de Schlosberg, tiene que triunfar “como un mesías”.

Prigozhin era un delincuente, pero un personaje carismático y pintoresco que gritaba lo que otros pensaban. Su motín, sin embargo, fue demasiado lejos. El sistema que Putin dirige no podía juzgar a Prigozhin ante un tribunal y de acuerdo con la ley, simplemente porque el marco institucional en Rusia es en gran parte decorativo y lo que cuenta es la voluntad del dirigente máximo. Prigozhin tenía que desaparecer si Putin quería seguir siendo respetado por los mandos del ejército y por quienes podían haberse sentido irritados ante la impunidad de los amotinados que el 24 de junio mataron a varios pilotos militares al disparar contra los helicópteros y aviones del ejército que les seguían.

Los conflictos entre el ejército y Wagner vienen de antiguo. En Siria, en febrero de 2018, los mandos militares rusos se desentendieron de una unidad de mercenarios Wagner que avanzaba hacia una refinería en la zona de Deir Ez Zor y permitieron que los estadounidenses los acribillaran desde el aire. Según Prigozhin, el mando militar ruso incumplió su promesa de proporcionar cobertura aérea a los Wagner y el ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, no quiso darle ninguna explicación.

¿Es Putin más fuerte o más débil tras el espectáculo aéreo con el que concluyó la vida de Prigozhin? A corto plazo, el mandatario parece salir fortalecido, cualquiera que haya sido su papel personal en el asunto; pero a medio y largo plazo, el desenlace de esta aventura puede acentuar la degradación del régimen y tener un eco en la sociedad y en el ejército, una parte del cual sintonizaba con el siniestrado cocinero del Kremlin.

El miedo es ya un factor instalado en la élite política y económica de Rusia y es difícil por ello que la muerte de Prigozhin incremente los temores en estos círculos, según afirma a esta periodista una fuente de estos sectores que son privilegiados y rehenes a la vez.

La degradación del régimen no significa que este se vaya a hundir ya, como algunos auguran en Occidente, porque en Rusia los procesos que se prolongan durante decenas de años pueden ver su desenlace en cuestión de meses o días. Y si el régimen se hundiera, no necesariamente produciría un interlocutor más dialogante o más flexible que Putin, ya que podría ser peor. Su sustituto podría estar incluso más dispuesto que él a usar el arma atómica como “mazo”.

Entre los intelectuales rusos está de moda hoy analizar modelos de cambio político concretos a partir de transiciones no violentas o propiciadas “desde arriba”. Al margen de su semejanza o aplicabilidad, el fin del régimen franquista en España en 1975 y la Revolución de los Claveles en Portugal un año antes son hoy objeto de interesantes debates, aunque las claves del destino de Putin, y por extensión de Rusia, están sobre todo en el campo de batalla de Ucrania.

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